Maximilien Robespierre fue uno de los líderes indiscutidos del proceso político que atravesó Francia a partir de la Revolución, cobrando un particular protagonismo a partir de 1793, época en la que se agudizó la crisis económica y social. Defensor de las ideas revolucionarias, no dudó en imponer la guillotina como respuesta política a quiénes consideraban como contrarrevolucionarios. Entre las miles de cabezas que rodaron, finalmente estaban la del propio Robespierre y la de los principales dirigentes jacobinos que vieron el fin de su vida en la maquinaria de ejecuciones propuesta por Joseph Ignace Guillotin que tanta convicción utilizaron.

Recibí nuestros artículos en tu email

Cancelar, etimológicamente proviene del Latín, cancellāre, implicando la anulación o revocación de algo. La RAE nos aporta una definición más acorde al debate de esta nota, que luego retomaremos: “Borrar de la memoria, abolir o derogar algo”. Para hablar de la cultura de la cancelación, es necesario considerar la dinámica de las redes sociales; el reproche colectivo a conductas que durante el siglo XX se barrían debajo de la alfombra y el imperio del “yaísmo” que ante una acción o hecho reclama mucho más que un simple reproche.

Fiesta punitiva

El día 17 de mayo, un domingo como cualquier otro, se convirtió en tendencia en la red social Twitter #MalaFamaEnfermo, en función de un video de no más de 20 segundos en el que se observa un presunto tocamiento de Hernán Coronel a una menor (su nieta). Ante la catarata de agravios y acusaciones, el Tribunal Cancelador falló de inmediato: Hernan Coronel es un pedófilo.

Cancelar la cancelación

En primer lugar, podemos abordar el problema desde un punto de visto técnico-jurídico. No sólo que a priori no se aprecia que su conducta cumpla con las exigencias de la tipicidad subjetiva (conocer y querer el elemento típico, lo que implicaría la ausencia de dolo), sino que se ejecuta de inmediato una sentencia colectiva condenatoria, cuyo efecto principal es la cancelación de la persona Hernán Coronel. Daño colateral, la exposición de una menor de edad de forma flagrante. No pretenden estas páginas una reivindicación del mencionado músico, como tampoco la afirmación de su inocencia, pues está garantizada por la Constitución Nacional, hasta tanto se demuestre lo contrario a través de un juicio. Por el contrario, pretenden algo mucho más básico: una reflexión. El efecto masivo de la cancelación reemplaza un proceso judicial en el que se debe producir prueba suficiente para tener certeza sobre la culpabilidad o no en el hecho que se le atribuye a una persona. Porque a eso viene la cancelación, a ocupar un lugar que responde a una lógica yaísta, de inmediatez, de juicios infundados, y en resumidas cuentas, a emitir una condena pública.

La cancelación se tornó un fenómeno ilimitado y carente de lógica, lo que lo convierte en un reflejo colectivo ante una conducta que - en principio - es irrefutablemente reprochable.

Estos espasmos, no se limitan a juzgar sujetos vivos (o muertos) sino que también pueden juzgar obras. Recientemente, se colocó en el banquillo de los acusados a la historia de Blancanieves, quien fue besada por el Príncipe sin haber prestado su consentimiento. Tengamos presente, que dicha obra fue escrita por los hermanos Grimm en 1812 y popularizada por Disney en 1937. Al márgen de que cualquier obra no puede ser leída sacada del contexto histórico en que fue escrita, corresponde preguntarnos hasta dónde nos puede llevar el afán de correctitud política respecto de situaciones generadoras de debate. El Príncipe, con su beso, rompió el hechizo y devolvió a Blancanieves su vida, convirtiéndose en lo que hasta esta época podríamos entender como una historia tradicional de amor y no como un abuso. ¿Se puede borrar el pasado y reconstruirlo con los valores vigentes?

Cancelar la cancelación

Los tribunales canceladores se arrogan múltiples competencias y dictan sentencia rápido. Tampoco entienden de jurisdicciones o prescripciones, por lo que mucho menos entienden de garantías. En la celeridad, es exactamente todo lo contrario a un Poder Judicial burocrático cuyas respuestas pueden demorar años. Cabe entonces preguntarnos, cuáles son los costos de las sentencias cancelatorias, que lamentablemente, no cuentan con un sistema de recursos para revertir sus sentencias guillotinescas. Realizado el juicio cancelatorio, la sentencia se vuelve inapelable para el condenado.

En estos tiempos impera en las redes una sobredosis de progresismo que se torna fascista. Mientras estos mismos sectores se embanderan en el reclamo de mayores garantías en los procesos penales, la otra de cara de la moneda es la ejecución inmediata por una frase, opinión o hecho realizado por una persona pública en la esfera pública, ya sea reciente o perteneciente a un pasado lejano. Porque la corrección política es una ciber policía que siempre está dispuesta a tomar un sujeto y disciplinarlo. De pronto, las ciber patrullas se detienen en, por ejemplo, Michel Foucault, fallecido hace 37 años. El filósofo francés fue acusado por un colega, quien afirma haber sido testigo de la comisión de actos de pedofilia. En caso de que las afirmaciones sean ciertas, una persona culpable de un delito quedó injustamente sin condena. En caso de que no lo sean, el honor de una persona fue dañado y quedará, por siempre, de alguna manera asociado a lo pedofilia. En cualquier caso, ¿podemos prescindir del marco teórico que nos dio Foucault por su presunto accionar delictivo en una sociedad cuya agenda está tomada por la violencia, el control social y el punitivismo? A mayor tolerancia a la cultura cancelatoria, menores son los márgenes de la libertad.

La lista es interminable y no es objeto de esta nota hacer una mera enumeración. Basta con mencionar a Hernán Coronel y a Michel Foucault a modo de ejemplo.

El escrache masivo provoca consecuencias psíquicas, económicas (rescisión de contratos laborales, publicitarios, eventos), dañando así la reputación de quienes son cancelados en vida. Respecto de los muertos, sólo se limita a amargar su recuerdo. Pero ordenemos el asunto: hay un hecho “reprochable” que se hace público, juicio inmediato y colectivo - linchamiento - e información que perdurará de forma perpetua en los motores de búsqueda digital.

Donde hay impunidad, hay escrache (un poco de historia)

El escrache nace para suplir las omisiones del Poder Judicial. Durante fines de los años 80’ y durante los 90’, la agrupación H.I.J.O.S. escrachaba genocidas en libertad. Consultado un referente de dicha agrupación por Cerdos Volando, destacó que en los casos que se resolvía realizar un escrache, la responsabilidad estaba prácticamente comprobada por testimonios e investigaciones periodísticas, en una época donde la información no fluía a tanta velocidad como para no poder ser rechequeada innumerables veces. Los posteriores juicios de lesa humanidad, confirmaron los hechos y los genocidas fueron a la cárcel. Pero en esta práctica, había una diferencia sustancial: organización, investigación, y principalmente, humanidad. Rostros. Los militantes de H.I.J.O.S. ponían no sólo su cuerpo, sino también su cara en cada escrache. Era una decisión política tendiente a resolver el mismo problema que seguimos teniendo hoy: el Poder Judicial no está a la altura de las circunstancias.

Casi treinta años después, la dinámica digital y la existencia de "trolls" en las redes sociales desvirtúa por completo esta práctica, también genuinamente utilizada por los colectivos de mujeres (principalmente a partir del 2018, donde se potencian los reclamos feministas bajo el lema #MeToo, con su correlato nacional #MiraComoNosPonemos) para visibilizar la problemática y contrarrestar la inacción de las instituciones democráticas ante el incremento de la violencia de género y los femicidios. Y hasta aquí, la cancelación tiene notorios rasgos de racionalidad que la vuelven una acción planificada y no un acto reflejo colectivo. Pero en este relato cronológico, hemos llegado al punto en que se pierde el sentido y se desvirtúa. La masividad de las redes sociales, los perfiles falsos, la creación de tendencias de forma planificada, los ejércitos de trolls, y principalmente, la impersonalidad del escrachante, se devoran todas y cada una de las buenas intenciones que esta justicia por mano propia simbólica puso sobre la mesa. Porque en la era de las redes sociales, no sólo todo es manipulable, sino que se vuelve incontrolable la magnitud de lo que puede suceder

De biógrafos y biografías

Phillip Roth murió en el 2018. Tuvo una obra prolífica y coqueteando permanentemente con el premio Nobel, fue merecedor de múltiples galardones. Roth eligió a Blake Bailey como su biógrafo: le cedió no sólo acceso a su archivo personal, sino también momentos irrepetibles en el ocaso de su vida para lograr una biógrafa genuina y profunda. Convertido en Best Seller en una semana, fue retirado de las ventas en los Estados Unidos. El motivo, Bailey fue denunciado por ex alumnas por conductas inapropiadas y por haber intentado mantener relaciones sexuales con ellas.

Afortunadamente, la biografía de Roth fue relanzada en los Estados Unidos por la editorial Skyhorse. Las presuntas conductas delictivas de Bailey, deberán ser debidamente juzgadas. No obstante, su trabajo como biógrafo, en este caso de Roth, superó los torpedos de la corrección política. ¿De qué nos perdemos cuando no distinguimos que los artistas o deportistas pueden ser personas que actúan impúdicamente o incluso pueden cometer delitos?

La post cancelación

El problema principal de la cancelación es la estigmatización perpetua de una persona, la reducción del otro a un hecho específico cuya veracidad es dudosa, o peor aún, a una opinión o comentario que transgreda lo que con mucho tino se ha denominado la "nueva moral victoriana", la vara del progresismo digital para sacar a relucir las tonfas lingüisticas. Respecto de acusaciones sobre hechos, su gravedad no sólo radica en la veracidad o no de la acusación, sino que se marca al cancelado con un fierro quemador cual ganado. En este punto, la cancelación si tiene una coincidencia sustancial con el Poder Judicial. El cancelado/a o condenado/a, es descartado/a de la sociedad. Por el otro lado, al márgen de la consecuencia individual sobre el sujeto cancelado, se pretende eliminar a quien no ajusta su discurso o su actuar a los edictos policiales de las ciberpatrullas en términos colectivos. Y aquí, es fundamental comprender que por más que estemos en las antípodas de lo dicho, o por más disparatado y ofensivo que sea, la cancelación es un arma estéril que sólo genera que ese discurso se reproduzca con tintes de rebeldía y épica.  Las alt-right son invulnerables a la cancelación, se retroalimentan y fortalecen su convicción de lo dicho. En esta ocasión, los efectos cancelatorios devienen esteriles y contraproducentes.

En resumidas cuentas, podemos afirmar que impera una lógica en la que no hay lugar para aquellos y aquellas que actuaron mal, o presuntamente actuaron mal, o cometieron un delito, o presuntamente cometieron un delito. O para aquellos que expresaron algo errado, ofensivo, o disruptivo. Pero en el juego de las diferencias, en la cancelación no hay derecho a defensa, ni debido proceso, ni juicio imparcial. Nuestro Poder Judicial, aún con todas sus fallas, se esfuerza por el cumplimiento de estas garantías. Pero afuera, en la selva del ecosistema digital, principalmente en las redes sociales, ¿quién o quiénes son los qué condenan? ¿Un usuario virtual que, generalmente, no representa la identidad de quien se encuentra detrás? Así, desde el anonimato, nos tomamos el atrevimiento de subirnos a una ola excluyente y estigmatizante. Lejos está de ser una práctica compatible con nuestro sistema democrático y de construir un diálogo compatible.

Por un lado, habrá que renunciar al cargo de jueces desde el que solemos jugar a través de las redes y aceptar que es el Poder Judicial el que debe intervenir cuando se trate de un delito. Por el otro, guardar las tonfas y dar las discusiones que haya que dar. Y para eso, habrá primero que cancelar la cancelación.