El psicoanálisis, desde su nacimiento a comienzos del siglo XX, ha demostrado ser una herramienta cuya aplicación puede exceder a lo que sucede dentro de las cuatro paredes de un consultorio. El propio Freud concebía que su invención podría dirigirse hacia la cultura y constituirse en una poderosísima herramienta de lectura. No en vano podemos encontrar, a lo largo de su obra, numerosos pasajes en los que se sirve de novelas, tragedias u obras de teatro para poder ir desde la mera analogía a la propia interrogación de su labor clínica.

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Retomando ese espíritu freudiano, proponemos recurrir al cine ya que, como todo producto artístico, permite una lectura que exceda la simple valoración de si una película nos gustó mucho, poco o nada para reencontrarnos con lo humano, demasiado humano, que florece allí.

El silencio de los inocentes, 30 años después

Se cumplen 30 años del estreno en Argentina de “El silencio de los inocentes”, película dirigida por Jonathan Demme y protagonizada por Anthony Hopkins (Dr. Hannibal Lecter) y Jodie Foster (Clarice Starling).

1. Año 1991, situémonos en contexto: el muro de Berlín había caído solo dos años antes y el bloque comunista se enfrentaba a su inexorable colapso. Mientras tanto, la globalización tomaba el centro de la escena. El cine, por su parte, no era ajeno a este reordenamiento socio-político. No parece casual, entonces, que “El silencio de los inocentes” haya podido ser realizada precisamente en un momento en que la declinación del enemigo externo al que nos tenía acostumbrados Hollywood (nazis, comunistas, entre otros) daba lugar a un nuevo tipo de “monstruo”: el enemigo interno. Hacia allí vamos.

En su texto “Lo ominoso” de 1919, Freud caracteriza a lo siniestro como aquella experiencia en la que lo más familiar, lo íntimamente propio y cotidiano, se revela súbitamente como lo más extraño, lo más radicalmente ajeno. ¿No es acaso lo que nos presenta “El silencio de los inocentes”? Tu vecino, un renombrado psiquiatra, cualquier persona que creemos conocer puede ser en realidad un lobo con piel de cordero. Un monstruo capaz de someternos a tormentos inimaginables.

No hay aquí elementos sobrenaturales ni demonios asesinos, íconos típicos de la década del 80, al estilo Jason (Viernes 13) o Freddy Krueger (Pesadilla en Elm Street) sino que la película se sostiene constantemente en un registro de la realidad cotidiana. Este aspecto no es menor ya que es precisamente lo que permite mantener una tensión constante en el espectador. Es decir, si la película nos ofrece demasiados elementos fantásticos puede provocar, más allá de algunos sobresaltos, cierta pacificación al ofrecernos una realidad que no se asemeja mucho a la nuestra. Por este motivo, mientras más parecido sea a nuestro mundo, mayor será el efecto de lo siniestro al hacernos percatar que nada nos garantiza no caer bajo las redes de un asesino despiadado. Por otra parte, a diferencia de películas del género gore, no hay ningún “festín de sangre” y el morbo es solo un elemento secundario. Este, a mi entender, es otro acierto del director ya que el abuso de lo que podemos resumir como “sangre y tripas” termina destruyendo cualquier efecto estético provocando, quizás, simplemente repulsión o asco. Lo siniestro requiere de alguna forma que el horror se encuentre velado, siempre listo para aparecer súbitamente.

El propio espejo y la puerta a saber quien soy. 
Se abrió y me dejó desnudo para siempre.
La Renga - Desnudo para siempre (o despedazado por mil partes)
El propio espejo y la puerta a saber quien soy. Se abrió y me dejó desnudo para siempre. La Renga - Desnudo para siempre (o despedazado por mil partes)

2. Para el psicoanálisis, el ser hablante, por el simple hecho de estar inmerso en un mundo de lenguaje, ha perdido su conocimiento instintivo. El inconsciente, el gran descubrimiento freudiano, nos plantea una concepción de sujeto no transparente a sí mismo. En resumen, nacemos sin saber qué hacer, cómo hacerlo y, para complicarlo aún más, no sabemos siquiera quiénes somos.

Por estos motivos, la noción de identidad, en tanto supone la unidad mediante un yo idéntico a sí mismo, resulta extraña al psicoanálisis prefiriendo el concepto de identificación. En consecuencia, ni el yo ni la imagen del propio cuerpo, en tanto algo unificado y armónico, son un dato de entrada sino algo a construir.

Luego de estas breves precisiones podemos aventurar que el conflicto que refleja el asesino serial Jame Gum se inscribe en esta lógica. Lejos de cualquier intención pseudo-patologizante de quien escribe estas líneas, lo que sucede con este personaje demuestra, de una forma desmesurada y criminal, lo conflictivo que puede resultar para el ser humano el encuentro con un cuerpo y la conformación de un “yo”. 

Jame Gum ha decidido tomar el toro por las astas. Al igual que la crisálida, la pupa de las mariposas que lo apasionan, él intenta conseguir una metamorfosis que obture el horror de vacío que le genera su propio cuerpo. Es decir, lejos de recurrir a intervenciones quirúrgicas sobre sí mismo, pareciera haberse resignado a no poder construir nada con lo que tiene y decide procurarse una “identidad” mediante un recurso escabroso: un disfraz hecho con recortes de piel humana.

Resulta llamativo que Jame Gum no solo colecciona recortes de piel de sus víctimas sino que en su casa abundan otros recortes. Páginas de diarios, colgadas en las paredes, hablan de sus crímenes y le otorgan un nombre: “Buffalo Bill”. Por más espantoso que nos parezca, esto nos sugiere que, ante el horror que genera el “no saber quién soy”, una identidad prêt-à-porter de asesino serial puede resultar preferible a la nada misma.

Mi seguridad es falsa, la lanza abrió un costado, detrás de esta máscara hay un chico asustado. 
Pedro Aznar - Quebrado
Mi seguridad es falsa, la lanza abrió un costado, detrás de esta máscara hay un chico asustado. Pedro Aznar - Quebrado

3. ¿Qué nos puede aportar Hegel a la hora de ver El Silencio de los inocentes? De acuerdo al recorrido que realiza en su “Fenomenología del Espíritu”, podemos pensar una relación mítica e inicial entre dos individuos. Enfrentados entre sí, su único deseo anida en el reconocimiento por parte del otro. Claramente, esto no resulta nada sencillo ya que esta situación de equilibrio, este empate inestable, solo puede conducir a una lucha a muerte entre ambos por el puro prestigio. Sin embargo, uno de ellos, ante el temor de perder la vida, claudica. Queda así conformada la pareja inicial: amo y Esclavo.

En relación a la película, podría llamarnos la atención el carácter potencialmente ilimitado que parece adquirir la lista de víctimas de Hannibal. Es decir, podríamos pensar que nada sosiega su sed de sangre. Sin embargo, esto sucede precisamente porque cae en la trampa señalada por Hegel en relación a la lucha a muerte por el reconocimiento, si es que esta se concreta. Al caer muerto el adversario, es imposible hacerse reconocer por un cadáver.

Sin embargo, yendo a un terreno más hipotético, podríamos pensar que aunque Hannibal les “perdonara la vida”, no saldría de la trampa. Es decir, buscaría ser reconocido en su señorío pero, cuando lo consiguiera, sería reconocido por alguien que no es reconocido por él mismo. Es tal el lugar de despojo al que somete a sus potenciales víctimas que no solo les niega la autoridad sino también la más íntima humanidad siendo reducidas a un mero pedazo de carne, listo para ser fagocitado. Por este motivo, Hannibal no encuentra fin a su sed, la cual termina resultando menos de sangre que de reconocimiento.

Ahora bien, ¿Qué denuncia Hannibal en su accionar? Lo mismo que también podemos encontrar reflejado en el film Atrápame si puedes: el uniforme supone la autoridad, no la certifica. El Dr. Lecter no retrocede frente a nada ni a nadie. Está decidido a hacer volar por los aires cualquier tipo de semblante de autoridad, cualquier semblante del amo. No en vano vemos desfilar frente a nuestros ojos una galería de víctimas con uniforme: policías, médicos, psiquiatras.

Solo de esta forma podemos entender su relación con Clarice Starling. Ella no intenta aparentar nada, está dispuesta a renunciar a su semblante de autoridad para exponer sus debilidades incluso frente a quien carga con el rótulo de monstruo, de chacal, de bestia inhumana. Esto no resulta algo menor pues es precisamente en relación a este tipo de personas donde la autoridad menos retrocede y muestra incluso su cara más brutal. Aquella que se extravía al intentar igualar los tantos de la atrocidad mediante una atrocidad mayor.

4.¿De qué están hechas las fantasías con las que nos alimentamos? ¿Qué versiones de los otros hemos fagocitado y, aún hoy, nos acompañan? Son preguntas que podemos encontrar no solamente recostados sobre un diván sino también yendo al cine. Y ya que hemos hablado de metamorfosis, quizás la que pueda surgir en un análisis sea la del león herbívoro: aquel que, aún oliendo sangre, no se arrebata tras la presa.