1. La película El Origen (Christopher Nolan) nos remite a algunas preguntas que por siglos han ocupado al ser humano, a saber: ¿Es la realidad un escenario estable y externo a nuestra percepción? ¿Qué es la muerte? ¿De qué material están hechos los sueños? ¿De qué manera participa uno, y los demás, en aquello que percibimos como íntimo y propio? Recordemos brevemente la línea argumental de El Origen: un grupo de personas es contratada para tomar por asalto el sueño de un heredero millonario para poder implantar allí una idea. Más allá del elemento de ciencia ficción que permitiría abordar el sueño de otra persona, lo que la película intenta rescatar es la experiencia del sueño no como una simple alucinación sin consecuencias sino, por el contrario, una experiencia íntima y fundamental para el sujeto que sueña. Incluso, se podría decir que nos sugiere que lo que se juega allí, en el sueño, puede tener un valor superior a las experiencias cotidianas en vigilia.

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Creo que todos aquellos que han tomado contacto con la obra de Freud no pueden menos que sentirse reconfortados frente a semejante homenaje a su teoría. Más aún, en tiempos de autoexplotación y emprendedorismo, donde estar “hiperactivo” pareciera presentarse como una virtud a priori, rescatar la pasividad motora que requiere el sueño ya supone un logro. Así es, nuestras victorias contra el sistema son cada vez más modestas.

2. Si nos remitimos a los primeros filósofos, Platón mediante su célebre Alegoría de la Caverna nos indica que, dada nuestra ignorancia, vivimos en un mundo de apariencias, sombras toscas con las que nos contentamos pero no nos permiten captar la esencia de las cosas. Varios siglos más tarde, Descartes se preguntó si aquello que él percibía como real no podía ser en verdad la obra de un genio maligno que lo engañaba, lo cual lo lleva a poner en duda absolutamente todo. Lacan, más próximo a nuestros días, se cuestiona si es posible algo tal como una experiencia compartida o si, por el contrario, estamos irremediablemente encerrados en nosotros mismos. Ahora bien, pese a los milenios que nos separan desde su inicio, estos debates no han sido todavía clausurados y podemos servirnos de ellos para analizar la película en cuestión.

Estafas corporativas y teoría freudiana de los sueños: El Origen

Empecemos por Cobb (Leonardo Di Caprio). Él es el líder del grupo y sus acciones serán determinantes para que el plan llegue a buen puerto. A medida que avanza la película nos enteramos de cómo ha sido su experiencia con esta suerte de “máquina de sueños” de la cual desconocemos su origen. Luego de años y años de sueño ininterrumpido junto a su esposa, Mal (Marion Cotillard), ésta no quiere dejar de soñar, quiere vivir en ese mundo feliz que ellos han creado. Sin embargo, Cobb consigue que su esposa deje de soñar pero al precio de que ella, una vez despierta, cree seguir soñando. Cómo la única manera de despertar es morir, ella se suicida esperando despertar, ahora sí, en el “mundo real”. Resulta interesante que la muerte se filtre aquí como la representación imposible, aquello que nos obliga a despertar. La referencia freudiana es ineludible, en tanto el maestro vienés supo ubicar a la muerte como aquello que no posee inscripción psíquica. Para llevarlo a analogías más terrenales, una suerte de pantallazo azul de Windows ante un conflicto del sistema operativo que lo obliga a reiniciarse.

Volviendo a la película, la reacción de Cobb frente al suicidio de su esposa nos pone de relieve múltiples conflictos que habitan en él. Es decir, por un lado podríamos pensar que Cobb extraña a su esposa y se siente culpable por ello. Por este motivo, vuelve a soñar con ella una y otra vez para poder mantenerla con vida al menos en sus sueños. Sin embargo, por otra parte, podríamos intuir que él a pesar de mantenerla con vida en sus sueños, desea superar su muerte y esto es lo que se le plantea intolerable. Un ejemplo paradigmático de esta situación puede ser visualizado en una escena en la que su esposa aparece sorpresivamente en un sueño de práctica y apuñala a Ariadne (Elliot Page) que se encontraba junto a Cobb. Debemos detenernos aquí y recordar aquello que Freud siempre planteó con respecto a los sueños, el soñante siempre es responsable de su contenido. Es decir, su esposa sólo existe en sus sueños por iniciativa inconsciente de Cobb, ésta no tiene una realidad autónoma sino en tanto figuración posibilitada por el trabajo del sueño. Por lo tanto, es responsable del accionar de ella incluso, y sobre todo, en sus intenciones homicidas, ya que es él mismo quien parece traducir un: “ya no la amo, puedo amar a otra”, intolerable para el sujeto, por su contrario: “yo no amo a otra, la odio”, lo cual lleva a la muerte de este segundo personaje femenino de la escena.

Como podemos ver, y siguiendo a Freud, todo sueño es un cúmulo de contradicciones, ambivalencias, desfiguraciones de mociones inconscientes que solo pueden participar del sueño en tanto se encuentren dislocadas de su contenido original. La presencia en sueños de esto que no toleramos nos obligaría a despertar, fracasando el rol principal del trabajo onírico el cual consiste en ser guardián del dormir.

3. Volviendo a una de las preguntas que nos hemos planteado, la relación del ser humano con la realidad: ¿es una experiencia de sujetos autónomos frente a una realidad exterior estable? o, por el contrario, ¿está sostenida más sobre representaciones y fantasías que sobre una instancia exterior, material o divina, que oficiaría de garante en una suerte de realidad compartida? Es decir, lo que nos plantea la película es esta tensión siempre inestable entre el hombre moderno y el mundo que habita. Nuestras experiencias siempre van a ser subjetivas y, muerte de Dios mediante, ya no existe un último garante que le otorgue estabilidad a un mundo que se nos presenta como caótico.

Vayamos a algo más al ras. Uno habita una sociedad, tiene familiares, amigos, amantes, mascotas y demás existencias que se nos presentan como seres autónomos. Ahora bien, lo que nosotros “pensamos” sobre ellos, más que constituir una visión objetiva y constatable pareciera ser más una interpretación que nosotros le damos. Hay todo un género en el cine que se sustenta sobre este inevitable malentendido intrínseco a la experiencia humana: las comedias de enredos. Siempre tenemos a mano a un Adam Sandler o a un Ben Stiller, a una Drew Barrymore o a una Jennifer Aniston, que durante toda la película solo nos expresan como toda nuestra vida se sostiene más sobre suposiciones, interpretaciones, fantasías que sobre algo material, concreto y objetivo. Estamos condenados al malentendido, de ahí la riqueza ficcional de la vida humana.

4. Para concluir, me interesa rescatar un aspecto que resulta llamativo en la película, esto es, la cantidad y duración de escenas de acción. Como hemos sugerido antes, pareciera que es una película que va a contrapelo de nuestros días. Rescatar la teoría onírica freudiana, discutir sobre nuestra concepción de la realidad, el sueño, la muerte, el duelo, no parecieran ser asuntos de interés para el neoliberalismo imperante. Sin embargo, la presencia prácticamente innecesaria de explosiones y disparos se va volviendo más y más frecuente a medida que la película avanza, dejando poco lugar a la palabra. Podríamos aventurar aquí que, al igual que sucede con un deseo inconsciente que motoriza un sueño, los aspectos existenciales y estrictamente humanos que plantea la película, y que parecen ser su motor, solo pueden participar en la película en tanto desfigurados.