En nuestro país, la medición oficial de la pobreza la realiza el Instituto Nacional de Estadísticas y Censo y lo hace a través de líneas de ingresos. Así, la pobreza y la indigencia resultan de la capacidad de los hogares de acceder a la canasta básica alimentaria (CBA) y a la canasta básica total (CBT) mediante sus ingresos monetarios. 

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La canasta básica total tuvo un incremento interanual del 49,4% y la alimentaria 54,5%. Si vemos lo que ocurrió en los últimos 12 meses, el arroz aumentó el 52%, el pollo 68,33%, la leche 67,55%, todos datos oficiales y, como es evidente, por encima de la inflación.

En momentos donde la política fiscal transita un sendero de normalidad absoluta, que inclusive abrió debates en el seno del oficialismo, donde el Banco Central sumó reservas durante todo el primer semestre para tener herramientas ante cualquier necesidad y con un dólar sereno, resulta incuestionable que estos aumentos se debieron a los márgenes de ganancias extraordinarias que tuvieron las empresas alimenticias, en momentos de gran dificultad derivada de la pandemia del Coronavirus, pero al mismo tiempo parece evidente que no se hicieron todos los esfuerzos para aminorar esta situación. Por ejemplo, Precios Cuidados, una gran política, que según estudios que realizamos desde el CEPEC, permitió ahorrar un 25% en una canasta de alimentos respecto a productos que no estaban en el programa, no llega a los barrios y no se esbozó una solución a ese detalle.

Lo ocurrido con la carne fue paradigmático. El alimento de referencia para la mayoría de los argentinos, que es, además, un bien cultural, volaba y tuvo que ser el propio presidente quien con mucho atino decidió tomar cartas en el asunto, frenar las exportaciones y de esta manera el precio de la carne comenzó a descender.

El precio de los alimentos: la madre de todas las batallas

Si promediamos los cortes de este producto que mide el INDEC en enero del 2020 y hacemos lo mismo en julio del 2021, los aumentos de la carne fueron de 110,36%, mientras que la inflación fue 60,5%. Como ya dijimos, el propio presidente tuvo que intervernir y tomó medidas para morigerar esos aumentos: en mayo decidió poner un cupo a la exportación de carne del 50% de lo que se exportaba en el periodo julio-diciembre de 2020. Dicha situación nutrió de ofertas nuestras góndolas y los precios bajaron.

Si tomamos como punto de partida Mayo y analizamos hasta Agosto, la inflación acumulada fue del 12%, en cambio todos los cortes de carne medidos estuvieron debajo de esos aumentos. ¿La medida dió resultado? es evidente que si.

El precio de los alimentos: la madre de todas las batallas

Esta decisión política no solo generó que se disminuya el precio de la carne, sino que marcó un punto de inflexión respecto a otros alimentos, producto de, más allá del ordenamiento macro, lo simbólico de la medida adoptada por el propio presidente sobre cuidar la mesa de los argentinos.

Así, los datos de la inflación de agosto consolidaron una baja en términos reales de los precios de los alimentos. Además, según un análisis que hicimos desde el CEPEC para el periodo Mayo-Agosto, el precio de los alimentos que toma el INDEC tuvieron un aumento del 6,02%, mientras que el del resto de la economía fue del 12%. Los datos demuestran que hay una desaceleración del precio de la comida y eso fue por decisión política de la más alta esfera, cuando debería haber sido trabajo de Comercio Interior. Es deseable que la nueva gestión haga lo que la anterior no pudo o no quiso.

Ver análisis realizado por el C.E.P.E.C.

Controlar la inflación es decisivo, no solo para el corto plazo y cuidar la mesa de los y las argentinos/as, sino también para que las fuertes políticas de ingresos que se vienen desarrollando tengan un efecto concreto, porque por más política redistributiva que se haga, si esa renta la capturan las corporaciones alimenticias, todo el esfuerzo es en vano. 

Informe desglosado con el descenso de precios de los alimentos. (C.E.P.E.C.)

No impulsar la demanda es hacer macrismo, eso es incuestionable, pero no podemos seguir defendiendo que la emisión es inocua, que no genera inflación y que los precios solo bajan con controles, eso, al mismo tiempo, solo hizo que los sectores concentrados aumentaran más su poder. La madurez retórica y técnica son necesarias para plantear y defender una política económica que con consistencia asegure el bienestar del pueblo, no solo para hoy o mañana, sino para la posteridad. 

Entre el enfrascamiento propio, la inflación en el mundo y la avaricia de las alimenticias, se genera un espiral que pega en lo más hondo de nuestra sociedad. Momentáneamente esto fue subsanado por la decisión política, primero del presidente y después, según sus intenciones discursivas, por el nuevo secretario de Comercio interior, pero estas deben sostenerse y toda la política económica debe apuntar a ese objetivo.

Los que menos tienen son los que más gastan en comida, bajar el precio de los alimentos es la mejor política de ingresos que se puede impulsar. Eso es Justicia Social. Esperemos que la nueva gestión del comercio interno esté a la altura, porque antes no se estuvo. Evidentemente, el precio de los alimentos es la madre de todas las batallas y, en estas circunstancias, la mejor política redistributiva.