Mi gala en las pulperías

era, cuando había más gente,

ponerme medio caliente,

pues cuando puntiao me encuentro,

me salen coplas de adentro

como agua del virtiente.

De El Gaucho Martín Fierro

Desde edades inmemoriales, inmediatamente después de la creación de una ciudad, nace un bar; así fue que filósofos griegos se paseaban invadidos por Dionisio entre las mesas de las tavernes, los romanos hacían una parada en la thermopolia antes de ir al circo o a darse un baño en las termas e incluso, siglos atrás, los egipcios concibieron la idea de un lugar colectivo para abastecerse de los ingredientes fundamentales para la vida: alimentos, bebidas y entorno social. 

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Estos reductos cambiaron mínimamente su fisionomía con el paso del tiempo y adoptaron diferentes nombres de acuerdo con su posición geográfica. Así fue que en el lejano oeste de Estados Unidos estaban los saloons, un poco más al sur del mapa el Sargento García holgazaneaba en la taberna y en el culo del mundo, un gaucho se ponía puntiao en la Pulpería de Cacho.

La cartografía local de estos espacios se modificó constantemente a lo largo de los años, empero desde el inicio de la pandemia de COVID-19, una industria consolidada se vio tambalear de la mano del take away.

El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), informó en febrero pasado que el sector económico correspondiente a hoteles y restaurantes tuvo una contracción interanual del 38.2%. Restaurantes, bares y cantinas representan más del 70% de esta contribución; el resto pertenece a hoteles, lugares para acampar y demás alojamientos.

Por otro lado, una cifra alarmante es la caída en el número de visitas a áreas comerciales y recreativas, las que enfrentaron una disminución del 47% comparando enero de 2021 con el mismo período del año anterior, previo a la llegada de la pandemia.

La asociación de hoteles, restaurantes, confiterías y cafés, al ser consultados por esta revista sobre estadísticas que reflejen la realidad del sector, se escudaron en el clásico subterfugio de la información confidencial.

A pesar de esto y cambiando el enfoque monetarista de la cuestión, no solo los puestos laborales son los que perdieron en tiempo de restricciones. El bar es un estilo de vida y millones de argentinos vieron suspendidos sus placeres al cumplimiento del aislamiento social, preventivo y obligatorio y solamente pueden tener su ratito de deleite en los horarios que los establecimientos levantan las persianas.

Esos santuarios de borrachos y pistoleros, rockers y taxistas, pensadores y fugitivos, ajedrecistas y periodistas, anarcos y desesperados, putas y poetas, tontos y malvados; todos esos antihéroes que describe Enrique Symns en su Leyenda del Bar Británico, ciertamente necesitan, además de su casa, otro living en la calle y el bar es su único paradero.

¿Dónde va la gente cuando hay cierre?

- Si existe un sinónimo de cierre, podemos hablar de piquetes. Ricardo, manifestante del Polo Obrero está parapetado en el Puente Pueyrredón para reclamar por la restitución del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). Vive en Pontevedra (partido de Merlo) y es hermano de nueve hermanos. Antes de la pandemia hacía changas y su esposa, “La Lucy”, limpiaba casas. “Cuando mi mujer se quedó sin laburo, se nos vino el mundo abajo. Changas casi ni hay así que a gatas podemos pucherear”.

No te hagas la víctima –le dice a Ricardo un hombre que escucha la conversación-. “Este Juan es un gil. Pero ojo, es de fierro”. A Juan lo conoce hace diez años y el destino los cruzó en la esquina del barrio; ese bar del conurbano que abre las 24 horas, todos los días del año.

-Juan Manuel tiene 34 años y vive en un loft en el barrio de Barracas. Es director de una consultora fundada por su padre y se fue cuatro veces de vacaciones durante los 14 meses que lleva la pandemia.

“La primera escapada que pude hacer fue en noviembre. Navidad y año nuevo la pasé en el campo de mis viejos. En enero estuve en el Caribe y hace 20 días llegué de Miami en donde me puse la vacuna de Johnson &Johnson”.

Hasta el día de este testimonio, le habían detectado tres veces coronavirus.

-Sus amigos le dicen Sheldon por su parecido con el protagonista de la serie The Big Bang Theory. Vive con su madre en el barrio de Caballito y asomó a este mundo centúrico hace ya 23 años.

“Tuve un par de meses al inicio de la pandemia que fueron terribles. Estaba deprimido y no sabía qué hacer. Después de mi cumpleaños en julio me di cuenta que no podía seguir así, aislado del mundo”. Se juntaba con amigos en casas porque los bares bajan sus sillas en horarios que los únicos interesados en ocuparlas son familias y turistas.

Tuve la mala suerte de contagiarme dos veces –dice Sheldon-. “La primera vez fue después de ir a una joda en la casa de un amigo en Saavedra”; recuerda a unas 20 personas en el lugar. La diversión duró solo esa noche y tres días después estaba encerrado en un hotel de aislamiento facilitado por el gobierno. “Como tuve algunos síntomas me di cuenta rápido. Dejando de lado el encierro, la pasé bastante bien. ¡Hasta porro por Rappi me mandaron!”. Otra historia fue su segundo contagio el que, por ser asintomático, transmitió a su madre Gabriela.

Los anticuerpos no duran para siempre y su derrotero por fiestas clandestinas tuvo un freno después de ese traumático suceso. “No me podría perdonar que le pasara algo grave a mi vieja por mi culpa”. Hace tres meses Sheldon solo va de casa al trabajo.

Premios y castigos

Los bares, en mayor o menor medida, se ven obligados a cumplir con las disposiciones de los respectivos gobiernos locales que limitan el aforo y los horarios de atención. Sin embargo, al mismo tiempo que ellos se ven restringidos, la indisciplina sigue presente como siempre.

La necesidad de socializar le gana a las buenas intenciones de no contagiarse y prontamente el desconcierto es adoptado por las almas frágiles que buscan uno de esos ingredientes fundamentales de la vida. Educar con el ejemplo fue una propuesta ampliamente practicada en cualquier proceso de aprendizaje y, si bien hubo un momento en el cual el gobierno se mostró inflexible con aquellos que violaron el aislamiento, rápidamente imperó la lógica argentina; siga, siga…

Los casos de deportistas, famosos y políticos insurgentes fueron considerables. Los particulares no se quedaron atrás y algunas anécdotas fueron notables. No es la intención personificar a los transgresores, solo exponer los pobres castigos impuestos. La mayoría de quienes violaron la cuarentena realizaron donaciones o trabajos comunitarios.

El entramado social argentino es como un organismo vivo infectado por el virus. El sistema inmunológico no responde, el patrón se replica y gran parte de la sociedad ya está afectada. Los fármacos que aplicó el gobierno con el decreto 297, allá por el 11 de marzo de 2020, tuvieron el resultado esperado por un tiempo. El cóctel de medidas que se aplicó a posteriori nunca logró encontrar la cura. El único remedio para la desobediencia es una vacuna y la única vacuna es la transferencia en el accionar. Mientras la justicia siga mandando a barrer comedores y a entregar unas cuantas viandas para los desfavorecidos (solo en los casos de resonancia mediática) y pase por alto la mayor parte de las transgresiones que ocurren en la cotidianeidad, el único destino posible es el exterminio.

La justicia debe ponerle agua al vino y mermar la euforia de los ciudadanos porque mientras hay vida, hay fiesta. Por lo pronto, levantamos las copas y brindamos mientras la banda sigue tocando en la cubierta del Titanic.

Referencias:

https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/emae_04_215053D29E10.pdf

https://www.statista.com/statistics/1115769/mobility-changes-community-areas-coronavirus-argentina/

https://www.taringa.net/+offtopic/la-leyenda-del-bar-britanico-por-enrique-symns_13d0t9