En un contexto tan hostil como el que está atravesando el mundo entero y nuestro país en particular a raíz de la pandemia producida por el COVID-19, deshacernos de los viejos esquemas estatuidos “de construcción política”, encontrar puntos de consenso, entender y apropiarnos de las nuevas demandas puede ser una salida para lxs militantes politicxs. Construir causas transversales y abandonar la vieja tradición política.

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Hace semanas que se me presenta este tema en la cabeza, y hoy me pregunto: ¿en que nos convertimos como sociedad?, ¿Estamos sacando a la luz lo peor de nosotrxs? ¿Triunfaron los valores individualistas del neoliberalismo? ¿La grieta no existe más y existen millones de abismos entre cada unx de nosotrxs?, pero la duda existencial central es: ¿Cómo logramos encontrar una salida a esta crisis de valores desde la militancia política?

Quienes decidimos tomar la militancia política como modo de vida sabemos que puede ser un lugar ingrato y poco comprendido por la gran mayoría de la sociedad, que está en todo su derecho de desconocer la política como herramienta genuina de cambio social: la mayoría de la ciudadanía está abrumada teniendo que ver cómo hace para poder llegar a fin de mes.

Por eso, quiero citar algunos puntos de encuentro que se dan en algunos intercambios de ideas con compañerxs de diferentes espacios político-partidarios, pero que pertenecemos a la misma generación. 

En primer lugar, se repite que si no llegamos a un punto de consenso y a políticas de estado, este país es "inviable"; drástico pronunciamiento para personas que en su mayoría tenemos entre 25 y 35 años.

Por otra parte, coincidimos y sabemos que muchas veces para cierta clase política es más fácil pararse en las disidencias, extremando los discursos y dividiendo a lxs ciudadanxs para establecer núcleos duros con fines electorales. También coincidimos que para poder salir adelante como país debemos sentarnos en una mesa, acordar y comunicar la necesidad de establecer todxs juntxs políticas públicas en materia de salud, educación, producción y trabajo.

Como dicen Albin y Heidi Toffler en “La creación de la nueva civilización” (un texto muy desesperanzador), más allá de que el neoliberalismo haya triunfado en nuestra sociedad, es momento de acompañar y apropiarnos de algo que, en realidad, ya nos pertenece: el Estado, que no es sólo potestad de un gobierno. Debemos entender y transmitir, sobre todo a las nuevas generaciones, que sin toda la sociedad el Estado no existe. Y principalmente, que si nos protegemos nosotrxs mismxs, estamos también protegiendo a todxs. Y es el Estado la herramienta clave para esta protección colectiva.

Estamos inmersos en una crisis profunda del sistema en el que vivimos y no vamos a lograr desarrollarnos sin una estrategia común que incluya a todo el arco político y a la ciudadanía en su totalidad. Debe ser el eje fundante la planificación de políticas públicas de mediano y largo plazo, dejando de lado por un momento la política electoral.

La cuestión es ¿cómo hacemos para cambiar la situación?, y como me preguntaba al principio: ¿Cómo hacemos para encontrar una salida a esta situación? Quizás es demasiado pretencioso dar una respuesta a esa pregunta, pero trataré de describir lo que creo que puede ser un buen camino a seguir.

Existen hoy nuevas formas de representación política que permiten aglutinar a diversos sectores bajo una misma causa, un ejemplo claro de esto es la lucha por la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Una demanda que toma la clase política pero que surge del activismo de años de cientos de mujeres que luego se convirtieron en cientos de miles. Una construcción de abajo hacia arriba. Claro está, que esta forma es transversal y hay una unión que excede cierto tipo de posicionamiento ideológico que resultan demodé y estancos. Se vio claramente en Diputadxs y Senadorxs donde de repente no había una unanimidad por bloques, sino que era una unión a favor o en contra de la causa que nos interpelaba en ese momento determinado.

Las nuevas generaciones son heterogéneas. Ya no existe una cuestión de "masas" en donde una gran mayoría puede ser clasificada y analizada de manera definitiva. Hoy, la juventud se siente parte de nichos más pequeños, por lo que resulta un error seguir pensando en la homogeneidad de la “juventud”. Hay muchas juventudes y debemos apuntar a trabajar con los espacios que estas nuevas generaciones crearon y ya habitan.

Esta nueva era pide a gritos un cambio en la clase política, la forma de gobernar y las nuevas formas de militancia y/o activismo. Ya no van más las construcciones verticalistas y machistas con un pink wash para salir del paso. Se exigen cambios profundos donde las demandas surjan de las bases y sean resueltas contemplando las necesidades reales de cada una de las partes. Debemos hacer parte a todxs lxs interesadxs en la construcción de estas nuevas políticas públicas, y habitar genuinamente todos los espacios que la ciudadanía ocupa.

En este último tiempo en nuestra región se vio claramente esta situación: los pueblos de Chile, Bolivia, Ecuador, Perú y Cuba salieron a la calle a manifestarse en contra del sistema instituido.

El desafío es tirar por la borda las viejas formas de construir política, ya que así no vamos a lograr interpelar a nadie nuevo y sólo nos quedaremos durmiendo el sueño eterno de la comodidad y el status quo.

El corporativismo de la clase política pasó de moda. Genera rechazo y hace creer que el Estado es potestad del gobierno de turno, cuando en realidad el Estado somos todxs, y si no logramos ver eso perdemos como sociedad. Como militante estoy convencida que por ahora la política es la única herramienta de transformación social que existe. Y, por otra parte, este corporativismo daña a la clase política, porque se pierde el termómetro social que nos hace estar en contacto con las necesidades y demandas que tiene toda la ciudadanía.

Algo está bien claro: por ahora es la más efectiva herramienta que tenemos para poder cambiar la realidad y no podemos permitir que quienes se embanderan falsamente con la libertad individual y resultan tan populares entre los jóvenes, nos terminen de arrebatar nuestras herramientas para ampliar y proteger derechos.

Hace poco, un compañero de militancia me dijo que, en la construcción política, hoy ya no son los lugares estáticos y paternalistas los que seducen, sino más bien los dinámicos y circunstanciales: las causas, transversales a la sociedad toda. 

Por eso, el objetivo de la juventud es dejar atrás el corporativismo de la clase política que podría graficarse como si fuera una casa cerrada y obsoleta; y empezar a construir causas, como el feminismo, el ambientalismo, constituyendo así una nueva forma de construcción y un cambio de paradigma político real para las generaciones venideras, librado de los preconceptos clásicos de los políticos tradicionales.