Siempre unos ojos mirándote y una voz que te envuelve. No importa si estás dormido o despierto, adentro o afuera, en el baño o en la cama: no hay escapatoria. “Nada era tuyo, excepto los pocos centímetros cúbicos de tu cráneo”, describió Orwell en 1949 en su obra 1984. Podemos reemplazar a los ojos por el lente de una cámara de televisión, o el periférico de una computadora, y la lógica se mantiene a la perfección.

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Inmersos en un mundo de pantallas donde todo se hace para y por los demás -el público-, solemos dejar de lado ciertas libertades individuales. ¿La primera? El derecho a la intimidad. La barrera se franquea de inmediato, por ejemplo, al firmar un contrato con una distinguida productora de televisión y aceptar los términos y condiciones de mostrar nuestras emociones, reacciones y cotidianidades, incluso conviviendo con catorce desconocidos. Todos y cada uno de ellos, minuciosamente seleccionados para satisfacer la voracidad y el morbo del público televisivo.

Tenían que vivir, de hecho, de un hábito que se convirtió en instinto. Y tenían que asumir que todos los sonidos que hacían eran escuchados y examinados, salvo en la oscuridad. Eso termina por conformar una vida espectacularizada, donde todo está hecho de plástico. La experiencia se ahueca y la cámara que registra todo lo que hacés y decís te exprime hasta vaciarte, para luego llenarte con el contenido dispuesto por una mayoría invisible y voraz.

La materialidad de la obra de Orwell empezó en 1999 con “Gran Hermano”, una franquicia televisiva creada por el holandés John de Mol Jr. que se adaptó en más de 54 países y tuvo cerca de 448 temporadas. Gastón Trezeguet, Diego Leonardi y Cristian U. son algunos de los nombres popularizados por este programa que tuvo diez ediciones en Argentina y que en la primera llegó a tener 36 puntos de rating (alrededor de diez millones de televidentes en simultáneo).

El desarrollo de nuevas tecnologías, plataformas y accesibilidades descascararon la supremacía absoluta de la televisión y abrieron el juego a aplicaciones como Instagram, Tik Tok y Twitch. A lo largo de esta cuarentena, Argentina pasó a convertirse en uno de los países que más creció en términos de “horas vistas” en Twitch. “Durante el confinamiento, los creadores argentinos han roto barreras y fronteras triplicando o cuadruplicando los números de audiencia y los usuarios al mismo tiempo”, destacó Gabriela Loyola, Gerente de Ventas de Twitch en México, en el LATAM Webinar. Los datos son contundentes: 3,58 millones de visitantes únicos por mes, alrededor de 730 mil personas que entran diariamente y 39,1 millones de horas de contenidos en vivo por mes.

El 90% de las transmisiones de Twitch (en español) cuenta con 3 o menos espectadores y solo el 1% supera la media de treinta espectadores.
El 90% de las transmisiones de Twitch (en español) cuenta con 3 o menos espectadores y solo el 1% supera la media de treinta espectadores.

La diferencia cabal entre el enlatado que compró Endemol en Argentina y Twitch es que, en el segundo caso, cada usuario dispone de su propia cámara y puede transmitir en tiempo real desde donde y cuando quiera. El promedio de streamers que utiliza esta aplicación se ubica dentro del rango etario de 16 a 34 años (71%) y las temáticas son por demás variadas, aunque suelen oscilar entre charlas vivo con el chat de followers o partidas de videojuegos en tiempo real, como bien lo pueden ser el League of Legends, Fortnite o Counter Strike. 

 ¿Es Twitch el nuevo Gran Hermano?

Si analizamos el ranking de los streamers de habla hispana más vistos del mundo encontraremos a personalidades como auronplay (12 millones de horas espectador), juansguarnizo (8.8 millones) e Ibai (8 millones). Hay dos argentinos que se ubican dentro de los más vistos: Coscu (2.1 millones de horas) y el trapero Lit Killah (2 millones de horas). El promedio de su vida pasa por una pantalla, y más si tenemos en consideración que los contratos firmados con la plataforma Twitch exigen un promedio de 100 horas de transmisión en vivo por mes.  No está de más decir que el pago es en dólares.

 ¿Es Twitch el nuevo Gran Hermano?

Otros son los requisitos que establece Twitch para todo aquel que quiera tener el mote de “partner”. Y son claros en esto: alcanzar los 50 seguidores, emitir 8 horas, 7 días distintos al mes y tener una media de 3 espectadores. Para acceder al programa de afiliados es condición sine qua non cumplir con estos cuatro puntos de manera simultánea durante un periodo de 30 días.

¿Cuál es el panorama de Twitch?

Durante enero de este año 757.640 personas distintas emitieron 5.611.382 veces y el 90% de las emisiones tuvo un total de 3 o menos espectadores de media, según el especialista en tecnología Kilian Arjona. El promedio de usuarios que streameó al menos 20 días distintos en febrero, durante 160 horas, fue de 31.706 en febrero. De ellos, solo el 5% tiene una media de más de 45 espectadores y el 75% de esos canales tienen menos de 6 espectadores de media al mes.

Pero estos números poco y nada importan para una tendencia creciente, en donde lo único relevante es la exhibición de una supuesta cotidianidad. Siempre están “on” para mostrar lo que están haciendo y entretener al público, porque solo eso importa. La cámara es el santo grial y todo se articula gracias a ella. Atrás quedaron los tiempos en los que los participantes iban al “confesionario” para hablar con el “Gran Hermano” y contarle de sus penurias, frente a una audiencia de millones de espectadores.

El set-up ideal para hacer una transmisión en vivo por Twitch consta de un teclado, uno o dos monitores, auriculares, mousse, luces y, por sobre todas las cosas, una cámara.
El set-up ideal para hacer una transmisión en vivo por Twitch consta de un teclado, uno o dos monitores, auriculares, mousse, luces y, por sobre todas las cosas, una cámara.

La única diferencia es que ahora hay un contacto directo con la audiencia y el intercambio es inmediato, situación que fogonea aún más la variable espectacular y morbosa. Todo tiene que estar al servicio de quien mira. Todo se tiene que mostrar. Todo tiene que suceder frente a la pequeña cámara que se coloca encima de la pantalla del monitor. 

Y, como bien expuso Orwell en 1984, nos encontramos en un lugar donde no hay oscuridad. La exhibición, puesta en escena y espectacularidad, son las banderas de una corriente que empezó a tomar forma en los Países Bajos hace veintidós años y ahora alcanzó una cepa 2.0 a fuerza de un batallón de streamers que todo lo muestran y no dejan nada sin alumbrar a través de Twitch.

Llegando a este punto resulta imperioso esbozar una respuesta a la pregunta planteada como disparador. No existe "el confesionario", tampoco la gala de eliminación ni tampoco un premio en efectivo para el ganador, mas sí contratos que exigen transmisiones mensuales de cien horas, sueldos en dólares y millones de espectadores en vivo. Lo que se exige de forma contractual, en algunos casos, y de un modo inconsciente o indirecto, en otros, es el exhibicionismo al extremo. No hay nada que el lente de la cámara del set-up pueda pasar por alto. Todo se transmite, espectaculariza y fagocita, sea Gran Hermano en los 90 o Twitch en los tiempos modernos.